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Servicio Social

”La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey eterno” escribía San Ignacio a los jesuitas de Padua. Cuando en la Compañía hablamos de pobres, no nos referimos a una categoría sociológica, sino a personas y comunidades de rostros concretos con quienes vivimos y trabajamos.

En 1968 se celebró en Río de Janeiro, Brasil, una reunión del Padre Pedro Arrupe, s.j.,  Superior General de Compañía de Jesús, con los Superiores de la orden en América Latina.    Eran esos años de efervescencia en la Iglesia, después del Concilio Vaticano II. Una de las recomendaciones importantes de dicha reunión fue la sugerencia de que en todas las instituciones educativas de la Compañía de Jesús, se instituyese un servicio social entre nuestros alumnos.  Ese año (1968), fue la célebre reunión de los Obispos del Continente en Medellín, con todas sus opciones por el cambio social y la justicia. A partir de allí la realidad de los colegios cambió.

El Servicio Social es una experiencia concreta, tangible, de servicio y trabajo, donde los estudiantes y docentes, entran en contacto directo con la realidad de la gente más humilde. Básicamente se crea una organización que ejecuta acciones de índole social al servicio de la fe, en el ámbito ambientalista, educativo, de servicio, contribuyendo al mejoramiento de la vida de los más humildes.

El Servicio Social está enraizado en el Apostolado Social de la Compañía. Este se entiende como toda actividad apostólica que: (1) está enraizada en su amor preferencial por los pobres (dimensión universal) y concreta esa dimensión común de todos nuestros apostolados a través de una labor con los pobres y, en algunos casos, viviendo como ellos; (2) busca conseguir transformaciones estructurales hacia una sociedad más justa y fraterna, desde la perspectiva de los pobres y excluidos, considerando que los pobres son siempre sujetos de los cambios y no objetos de nuestra labor; (3) se lleva a cabo localmente con una perspectiva y articulación cada vez más global orientada de abajo hacia arriba y con un riguroso análisis social y cultural.

La Misión de la Compañía de Jesús según la Fórmula de 1550, era “atender principalmente a la defensa y propagación de la fe y al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana”, y fue reformulada por la CG 32 en 1975 como “el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios”. Eso, añadió la CG 34 en 1995, “no puede realizarse si, al mismo tiempo, no se cuidan las dimensiones culturales de la vida social y la manera como una determinada cultura se sitúa con respecto a la trascendencia religiosa” (d.2, n.18).

Por ello, hoy en día la misión de la Compañía de Jesús consiste en “defender la fe y promocionar la justicia”: fe y justicia, como dos realidades inseparables, que deben llamarse y enriquecerse mutuamente. Una tarea a llevar a cabo en diálogo con la cultura y con otras tradiciones religiosas.

Trabajar por la justicia del Reino supone estudio e investigación social, trabajo directo con personas en situación de exclusión, comunidades que buscan relaciones humanas fraternas e inclusivas, celebración de la fe y de la esperanza. De modo resumido, suele decirse que precisa de tres cosas: reflexiónacción y vida comunitaria

A veces se entiende que promover la justicia es ante todo cuestión de trabajo. Pero esto resulta muy parcial. El gran reto es más bien espiritual: que esta dedicación sea expresión de nuestra fe; que nos haga amigos de los mejores amigos de Jesús, los pobres; que transforme nuestro corazón; que sea seguimiento y no cerrada búsqueda personal. En definitiva, que sea expresión de la fe, concreción de la caridad –la individual, la social y la política– y movimiento de esperanza.